This young land is a young land let it stay that way
Its pollution only turns you into something you don't want to see in the water
A reflection of them that you receive
You don't own the sun
And the sun won't shine again
So maybe you're all in love
With Aluminium
Tumbado y mirando el techo, así me encontraba. Como en otra dimensión me hallaba también. Únicamente oía el alegre cantar de los pájaros, mi respiración y las lentas pulsaciones, todo lo demás no existía.
Sería gracioso saber que las tres cosas iban acorde, a la vez. Pero en ese momento no lo era para mí, estaba tan jodido. Podía verme como alguien relajado en su cama, en paz, pero sólo físicamente. Mi mente estaba en plena tormenta, martirizándome, recordándome cada instante porque tuvo que morir aquél niño, todo por mi culpa.
¿Por qué tuvo que pasar aquello? ¿Por qué no pude evitarlo? Asesino, repetía mi mente en demencia. Recordé las últimas horas de ayer, todo oscuro hasta despertar en el coche de Carter, camino a casa.
No iría a trabajar porque no pude llamar, Jiang Li lo hizo por mí, explicándole lo sucedido al jefe. No quise saber lo que dijo éste, tampoco tenía ánimos para hacerlo.
Suspiré, como las miles de veces que lo hice en lo que llevaba de día, cerrando los ojos lentamente y disfrutar del negro que éstos lograban ver. Ya no tenía miedo, ¿para qué? Sólo estás jodido, imbécil. No te creas ahora el valiente.
Aquella noche me fui a dormir intranquilo. Di miles de vueltas sobre mi cama, agarrando con fuerza la almohada y pensando en qué le había ocurrido al maldito papel.
‘’Me lo temía, Scott. La búsqueda durará horas y no me extraña. Te dejo la clave del sistema de la oficina para que salgas, cuando llegues a casa quema este papel. Haz como si nunca nos hubiéramos visto, inventa una historia si te preguntan donde has estado. Pero nunca digas que me has visto. Prefiero mantenerme al margen, es fundamental para mi trabajo.
P. ‘’
Recordé el contenido de ese mensaje. Llevaba consigo la clave del sistema de la oficina donde Pablo estaba… Y yo debía de quemarlo. Pero, juraría que estaba en mi bolsillo… Me había metido en un gran problema, y de los grandes. Barajé las posibilidades de donde podría estar y llegué a varias conclusiones.
La primera era que Jiang Li era incapaz de haberlo cogido, y menos leído.
Seguidamente, la idea de que Ai Chan lo hubiera encontrado era… Tal vez más remota que lo de Jiang Li. Esa mujer sólo se preocupaba de que su pintalabios fuera de un color que pegara con su ropa. Además, que ella rebuscara en mis bolsillos…
Hice una mueca de asco. Entonces me percaté de algo. ¿Cómo no estaba en ningún lugar? Me hubiera dado cuenta antes. Y si alguien me lo había quitado me hubiera dado cuenta.
Alboroté mi pelo y cogí el inhalador, apretando el botón un par de veces. Apagué la luz, dejando mi dormitorio a oscuras y cerré los ojos.
y si mañana nos encuentran enredados que nos dejen descansar, del mundo así.’’
Algo o alguien me agitó de un lado hacia el otro, haciéndome sobresaltar. Suspiré aliviado al ver que era Jiang Li.
— Llevas bastante rato con los ojos abiertos, tío, mirando un punto fijo. Estos días estás bastante raro, ¿te ocurre algo? — Preguntó preocupado. — Por cierto, hola.
— Tranquilo, no me pasa nada. — Mentí añadiendo una sonrisa. Al parecer, estaba despierto pero yo no lo notaba. Era… Raro. Acto seguido, estiró su brazo dándome la mano. Estreché la mía con la suya y él me tiró hacia él, ayudándome a levantarme. Bufé del dolor, volví a recordar que el brazo me dolía pero Jiang Li no se percató de ello.
— Gracias. — Me pasé la otra mano por la nuca, acordándome de lo ocurrido de antes. Observé la puerta de al lado de mi apartamento, recordando a aquella pitonisa. Intenté esquivar todos esos recuerdos. ¿De verdad no habían ocurrido?
— ¿Por qué no has entrado? — Preguntó Jiang Li mientras ponía su llave en la cerradura.
— No he podido, la llave no encajaba. Piqué a la puerta, pero al parecer no estabas. — Me encogí de hombros.
— Es que no me encontraba ahí, había ido a dar una vuelta con Ai Chan. Ya estamos preparando algunas pequeñas cosas para la boda. Estamos muy ilusionados… — Suspiró enrojeciendo sus mejillas.
— Os estáis precipitando demasiado, ¿no creéis? — Pregunté a espaldas de él.
— ¡Que va! Iremos después de la boda a varios países… Volveremos también a China, allí conoceré a su familia y yo le presentaré la mía. Todo será perfecto. — Entró en casa.
— Si tu lo dices… — Dije no muy convencido mientras le seguía. Ai Chan no me daba buena espina, estaba muy seguro de ello.
— ¿Has oído hablar de ese accidente? — Preguntó sin demasiado interés. Y supe rápidamente de lo que hablaba.
— Sí… — Me encogí de hombros, mintiendo. Le seguí hasta llegar al comedor.
Suspiré y cogí el mando del televisor. Me senté en uno de los sillones naranjas del comedor con un gesto de cansancio. Eran demasiadas experiencias, una detrás de otra sin parar. Después de acomodarme en el sillón, encendí la televisión con el mando.
Se iluminó la pantalla y acto seguido apareció el rostro de una mujer hablando. Al lado suyo una imagen… No tardé ni un segundo en deducir que era, el metro. Estaba tomada la foto en perspectiva, aparentado que era peor de lo ocurrido.
Pasé mi mano por el pelo repetidas veces, no escuchaba lo que decía la reportera, sólo observaba fijamente la imagen y a la vez recordaba lo sucedido.
Después de unos segundos, a mi parecer interminables, en la pantalla apareció un chaval de unos veinte años. Lo reconocí enseguida, era el chico que había fallecido. Volví a centrarme en lo que decía. Las pruebas habían sido rápidas, y murió por un golpe demasiado fuerte en la cabeza. Además de que recién había sido operado de allí.
Suspiré, nadie tenía que morir de tal forma… Me dije mentalmente que no era mi culpa, sin embargo, notaba que me estaba volviendo loco.
De repente, el acontecimiento del día anterior se posó en mi mente. Aquel sueño… Aquella anciana… ¿Ella existía? Pero nada tenía sentido… Me percaté del dolor de cabeza que amenazaba mi cordura, y me limité a pensar y a creer que todo fue un sueño.
Pero, una y otra vez, todo me recordaba a la mujer. Incluso, por un momento, llegué a sentir el olor a muerte que inundaba su casa justo cuando entré.
Jiang Li me dio un vistazo rápido.
— Scott, pareces mareado. Vaya ojeras llevas… ¿Quieres ibuprofeno? — Preguntó. Yo sonreí a modo de respuesta de manera algo forzada, y me limité a negar sin pronunciar palabra.
— Voy a salir un momento, a comprobar… Si hay correo. — Escogí una mala excusa, pero él pareció creerme, pues aprobó con la cabeza la idea.
— Si han mandado la nueva revista de O’Kayto tráela, por favor. En el nº32 viene como regalo un muñequito precioso que me gustaría regalarle a Ai Chan.
Rodé los ojos de manera disimulada. — De acuerdo.
Salí sin desayunar y con el pijama puesto.
Lo primero que hice al llegar junto al buzón no fue precisamente abrirlo. Miré los apartamentos vecinos.
En el sueño… Ella… Ella entraba en la casa del Sr. Smith. Pero esa propiedad estaba deshabitada, era imposible lo que había visto. Mordí mi labio inferior y una idea descabellada se cruzó por mi mente. ¿Entrar dentro sería una buena idea?
Contemplando la posibilidad y con el corazón en un puño, volví a casa.
— ¿Y el correo? — Preguntó mi compañero de piso. Mi rostro se mostró confuso. — Anda, ve y duerme un rato más; ya voy yo.
Cansado de todo, entré en mi habitación. Lo único que necesitaba era dormir, aunque fuera para que desaparecieran mis problemas. Pero sabía que no serviría de nada, pues al caer en los brazos de Morfeo vendrían pesadillas y mis grandes temores.
Ojeé la habitación rápidamente, mientras cambiaba mi semblante. Dios Santo…¡¿Qué había ocurrido?! Papeles y objetos por los suelos, muebles movidos de lugar, cosas rotas… Era como si un huracán hubiese entrado por allí, al igual que en mi interior, pues sentía las emociones rotas y revueltas.
Supe exactamente lo que significaba, alguien había entrado allí. Pero no sabía cómo. Sentí pánico, alguien me conocía o seguía mis pasos. ¿Sería el tal X, el de los mensajes?
Empecé a ordenarlo todo, aunque no de una manera muy meticulosa. No me faltaba nada, que recordara… El dinero estaba en su lugar, las cosas electrónicas igual. Sin embargo, notaba que algo fallaba, que algo o alguien se escapaba de mi cabeza.
Recordé en ese momento algo… Pablo me había dado un papel que se supone que debía quemar. Lo había olvidado por completo. Era normal, teniendo en cuenta que con tantos acontecimientos no pensaba en nada con claridad.
Fui a la cocina, acercándome a un mueble bajo la encimera con tres cajones ordenados verticalmente. Abrí el primero, para encontrarme con cerillas, servilletas, cubiertos y algún que otro chicle. Agarré la cajita de fósforos, con la intención de prender fuego a aquella nota cuanto antes. La abrí con cuidado, la última vez todas las cerillas salieron volando y tardé un rato en recogerlas. Saqué una del interior de la caja.
Deposité el objeto en la encimera y llevé la mano a mi bolsillo derecho, buscando en él la nota. Pero no estaba. Que raro… Creía que la había dejado ahí. Rebusqué en el izquierdo, obteniendo el mismo resultado. ¿Y la nota?
Mi cuerpo se tensó por momentos y comencé a buscar por todos lados aquel papel que debía de quemar. Nada. ¿Tal vez se me cayó?
Me agaché hasta ir gateando por el suelo -gracias a Dios estaba fregado-, mirando bajo las mesas.
— Scott, ¿desde cuándo eres un gato? — Preguntó Jiang Li entrando de imprevisto en la sala.
— Desde que busco… ¡Ay! — Exclamé tras golpearme con la base de una silla mientras observaba debajo de esta.
— ¿Estás bien?
Llevé mi mano a mi cabeza acariciándola, mientras que miraba a mi amigo.
— Estoy bien… ¿Tú has cogido por casualidad un papel que llevaba en mi bolsillo?
Jiang Li dudó unos instantes.
— Que yo sepa no, no me gusta tocar tus cosas… ¿Era algo importante?
Asentí, levantándome. Entré al salón aún con una mueca de dolor por el golpe. Necesitaba encontrar ese papel y hacerlo desaparecer.
si el mortífero estrés tensa mis músculos, discípulo
de tu inmensa maestría cuando no te conocía,
como podía vivir sin percibir tu melodía
fuiste mía y solo mía en mis horas de miseria,
compones la banda sonora de esta tragicomedia.
Tú reina entre mil reyes, cumbre de mis valles,
me levitas y asi evitas que tanto odio me ametralle
tú, si eres Hip-Hop muestras denuncia y carisma,
pero te vistes de clásica y sigues siendo la misma.
_______
Unas manos me taparon la boca y sentí el pánico dentro de mí. Tantas emociones por un día… Era muy malo. Giré con resistencia la cabeza y pude ver a un chaval, aunque después noté otra persona obligándome a ir a un sitio. Intenté evitarlo, pero dos siempre son más que uno.
Entramos en una oficina, o mas o menos veía según la distribución de las cosas, hasta que noté el sonido de una puerta cerrarse no me soltaron.
Miré al chico que se dirigía a un escritorio delante mío.
Una vez pude observarle, comprobé que no lo conocía de haberlo visto antes.
Era alto, mediría aproximadamente lo mismo que yo. Esa talla hacía más notar un cuerpo de peso normal y musculatura definida; por lo que deducí que acostumbraba a hacer algo de ejercicio. Aparentaba tener 17 años, más o menos. Su pelo era de un marrón muy oscuro, casi negro; este caía sobre su frente dando paso a unas cejas cortadas por una cicatriz en el lado izquierdo. Bajo ellas, resplandecían unos grandes ojos azules, cubiertos por unas gafas de pasta negras. Su boca permanecía seria, esperando a que yo dijera algo; mientras se cruzaba de brazos. Vestía una sudadera negra -en la que estaba escrita una frase en un idioma que no logré comprender- junto con unos vaqueros. Al conjunto acompañaban unas deportivas amarillas.
Salt in the wound like you're laughing right at me
Oh, it's so sad to think about the good times, you and I
___________
La tarde se alzaba ante mis ojos, la luz del sol estaba en toda su esplendor, convirtiendo esos días fríos en cálidos.
La doctora que antes me había atendido, me indicó que la ropa que llevaba estaba sobre la silla del rincón de la habitación. Y luego marchó.
Me senté sobre la cama de lado y toqué el suelo con mis descalzos pies, un escalofrío recorrió mi cuerpo. No recordaba que estaba tan frío. Me levanté y busqué mi ropa, por seguridad, me encerré en el baño de la habitación.
Cuando me dispuse a quitarme la bata que llevaba me llamó la atención un papel que medio salía del bolsillo trasero de mi pantalón.
Lo cogí entre mis manos y observé lo que había anotado, un número de télefono.
¿Habría sido la enfermera? O eso pensé hasta que me acordé de la niña que me había encontrado con… Maya. Moví la cabeza de lado a lado, como si aquello fuera a quitar a Maya de mis pensamientos.
Me daba pena aquella niña, seguramente esperando con el teléfono en mano, esperando una llamada. No podía evitarlo, era una simple niña.
Me vestí lo más rápido posible y dejé la bata al lado del lavamanos. Ya estaba dispuesto a marchar de allí, nadie me esperaba, pero me las arreglaría para volver. No quería depender de nadie y que me consideraran débil, aunque tal vez lo fuera.
Casi de milagro, pude escuchar entre el ruido que hacían los de la habitación de al lado, el timbre.
Con paso rápido, avancé hasta la puerta evitando mirar al dormitorio de mi compañero de piso.
Abrí la puerta. Ante ella se encontraba alguien desconocido para mí.
Un chico de unos veinti tantos, pelo marrón desordenado y ojos avellana estaba al otro lado de la puerta. Tenía algunas pecas dispersadas por el rostro y una sonrisa amigable. Era de complexión fuerte, musculoso y se le notaba saludable.
— ¡Hola! — Saludó, tendiendome su mano para estrecharla. — Mi nombre es Carter, soy el nuevo vecino de al lado. Pensé que sería buena idea pasar a saludar.
— Encantado, yo soy Scott. — Respondí, estrechándole la mano.
La conversación moría por momentos. Habíamos llegado a un punto muerto.
— ¿Me invitas a pasar? — Murmuró.
— Esto… Sí, claro… — Respondí algo desconfiado y me hice a un lado para que él pasara.
Empezó a caminar por el pasillo hasta llegar al comedor.
— Bonita casa. — Dijo Carter mientras examinaba todo el salón.
Mi reacción tuvo que ser épica al encontrar semejante mensaje, pero eso no era lo importante. Aquel desconocido me espiaba y/o observaba, no sabía que tenía en contra de mí pero tenía que saberlo.
En el camerino solo estábamos en ese instante Maya, Shaina y yo, esa sensación que tenía era horrible.
Finalmente, vi a Maya acercándose, con una sonrisa en su rostro.
— ¿A dónde quieres ir? — Pregunté, olvidándome de todo unos segundos, perdiéndome en sus ojos…
— Buenos días, Scott. — Saludó mi compañero de piso, mientras descargaba unas maletas de su coche.
— Hola. — Saludé. — Cuánto tiempo.
Mi compañero era de origen chino y se llamaba Jiang Li, tenía aquel pelo negro bien peinado y sus ojos rasgados me miraban examinandome.
— Tio, en este tiempo si que has cambiado— Rió, Jiang Li era muy risueño y una vez hasta participó en un concurso de Kung Fu si no fuera porque en el primer combate perdió con su delgadez y poca habilidad en técnicas marciales.
Sonreí de lado.
Ayudé a cargar su equipaje de nuevo hasta su habitación.
Me abotoné aquella camisa pero dejando dos botones abiertos y suspiré.
Hoy era el día de la ceremonia de los 75 años del orfanato donde había asistido. Miré la mesita de noche dónde se posaba una foto mía cuando estaba allí con lo que había sido mi mejor amiga, Maya. Ahora ya no sabía nada de ella pero no importaba. Yo había cambiado, y para bien. Ya no era aquel muchacho tan delgado porque ahora hacía deporte dejando a ver unos buenos músculos aunque había crecido varios centímetros, apunto de rozar el 1’90.
Me sentía seguro y pues eso, había cambiado.
Cerré la puerta de casa para dirigirme al garaje donde se encontraba aparcado mi coche. Era un Volvo, me había costado tiempo y trabajo, pero lo había conseguido. Había conseguido tener el coche que siempre había soñado. Era un gris claro, bastante simple pero no quería llamar mucho la atención. Metí las llaves y arranqué. A mi memoria llegaban los recuerdos de aquella chica tan peculiar. ¿Tal vez volvería a verla? Giré a la izquierda pasado un rato. Ya podía ver aquel edificio que me traía tantos recuerdos… Aunque lo había intentado, se me hacía difícil sacarme de la cabeza aquel día en el que… No. No debía pensar en ello. Volvió a ser una simple coincidencia.
Me miraban. Hablaban entre ellos, señalándome y conversando acerca de mí. No entendía qué pasaba.
Eran mis padres, me había costado el pellejo saber sus nombres y donde vivían, y por fin los tenía delante de mis narices. Detrás de ellos, se asomaban con curiosidad dos niños pequeños, muy parecidos a mí. Eran mis hermanos.
Mis progenitores me observaban con el rostro serio. Seguramente no me esperaban aquí. Normal, nadie me esperaría; teniendo en cuenta que se supone que yo estaba en el orfanato en el que me dejaron. De eso hacía ya bastantes años.
Solo sabía que habían formado una perfecta familia, excluyéndome a mí de sus planes.
Después de unos minutos, mientras todos ellos me analizaban mi madre dijo algo que me marcaría para siempre.
—Mirad, el mudo habla— dijo mientras reía y a ello se sumó mi padre, mis hermanos también lo hicieron aunque no supieran el motivo de la risa, que era yo.
Mi corazón estaba destrozado. No me hubiera imaginado nunca éstas palabras saliendo de la boca de los seres que me habían creado. ¿De verdad eran ellos mis padres? Apreté los puños y miré a aquellas personas que seguían riendo. No podía ser verdad… Rechazado por mis propios padres.