Me miraban. Hablaban entre ellos, señalándome y conversando acerca de mí. No entendía qué pasaba.
Eran mis padres, me había costado el pellejo saber sus nombres y donde vivían, y por fin los tenía delante de mis narices. Detrás de ellos, se asomaban con curiosidad dos niños pequeños, muy parecidos a mí. Eran mis hermanos.
Mis progenitores me observaban con el rostro serio. Seguramente no me esperaban aquí. Normal, nadie me esperaría; teniendo en cuenta que se supone que yo estaba en el orfanato en el que me dejaron. De eso hacía ya bastantes años.
Solo sabía que habían formado una perfecta familia, excluyéndome a mí de sus planes.
Después de unos minutos, mientras todos ellos me analizaban mi madre dijo algo que me marcaría para siempre.
—Mirad, el mudo habla— dijo mientras reía y a ello se sumó mi padre, mis hermanos también lo hicieron aunque no supieran el motivo de la risa, que era yo.
Mi corazón estaba destrozado. No me hubiera imaginado nunca éstas palabras saliendo de la boca de los seres que me habían creado. ¿De verdad eran ellos mis padres? Apreté los puños y miré a aquellas personas que seguían riendo. No podía ser verdad… Rechazado por mis propios padres.