— ¡Entrégame
todo el dinero! — Amenacé mientras sujetaba el arma apuntando al
pobre señor al que la mala suerte le había llegado, y todo gracias
a mí.
El hombre con el
pulso temblando abrió la caja y me iba entregando todo lo que podía,
yo iba cogiendo con una mano los billetes y monedas pero con la otra
sin dejar de apuntarle.
No me importaban
nada las cámaras, ni que me grabaran pero llevaba un pasamontañas
que ocultaba mi rostro e identidad. Cuando me aseguré de que no me
había dejado nada o no me diera todo salí corriendo de aquél
lugar, pero también de las cámaras. Y el pasamontañas quedó
enterrado en medio de la nada.
Hice auto stop y en
poco tiempo ya iba en un coche con dos chicas. La pistola estaba
escondida en uno de los numerosos bolsillos ocultos de mi chaqueta y
sumaba puntos mi buen físico.
— ¿A dónde te
diriges, guapo? — Me preguntó una de las chicas. Ignoré su
insinuación.
— Al primer pueblo
que pasemos, no me importa bajar al principio, mi hogar está cerca.
— Está bien,
aunque no me habría importado saber tu casa. Espero volver a verte.
— Volvió a decir la chica mientras conducía, la otra estaba
demasiado ocupada con el teléfono.